ISABEL & SANTIAGO (4)

| August 22, 2009 |

II

Los días de clase pasaban y Santiago no pasaba por ellos. Se había dejado llevar por las sensaciones que la universidad le ponía enfrente, las que no tienen nada que ver con los estudios o con el futuro, sino aquellas que son absorbidas por el alma y bombeadas por el corazón; es más, para Santiago no había ningún futuro a la vista, se pasaba los días disfrutando de un presente continuo e inacabable. Si no estaba fuera de clase fumando un cigarrillo y tomándose una Coca Cola, observando la vida universitaria pasar, estaba fuera de la universidad fumando y viendo la vida pasar a través de incontables vasos de cerveza. Apenas ingresó, por alguna razón empezó a fumar y beber profesionalmente. La primera vez que probó un cigarro fue en el colegio, cuando tenía trece y luego una vez más a los diecisiete, frente al faro de Miraflores. La primera vez se limitó a posar como Humphrey Bogart, botando el humo al instante. No le encontró lo divertido o eso que le encontraban los de quinto de secundaria, lo que sí encontró fue una llamada a su madre de parte de la directora por andar fumando en la kermesse al lado de la tómbola. La segunda vez le enseñaron a golpear y ahí como que agarró el arte pero no el gusto. En la universidad las dos experiencias se amalgamaron y fueron aplicadas con satisfacción. Por otra parte, las borracheras ya las había tenido pero no lo estimulaban como ahora. Durante el colegio las bombas sólo sirvieron para sacar anécdotas como las del chino Calderón, que juraba amor eterno bebiéndose media botella de macerado de pistacho para luego quedar al borde de la muerte. Divertido, pero nada más. Ahora Santiago pensaba con el alcohol, le había encontrado uno nuevo uso, el de la reflexión, sumado claro, al de los acontecimientos.

Isabel veía la universidad como un proceso más dentro de la escalada de procesos por los que uno tiene que pasar. Aunque también se encontraba disfrutando de la experiencia, ella sí estudiaba, no como quien quiere tener una beca, pero sí como quien espera salir de ahí algún día no tan lejano. Con un año menos, separado por meses, ella estaba mucho más adelantada que Santiago en lo que respecta a las experiencias que uno va recogiendo en la adolescencia, antes de ingresar a la universidad. Mientras Santiago probaba como se debía un cigarro, ella ya estaba fumando marihuana. Cuando Santiago veía al chino Calderón ahogarse con su propio vómito, Isabel estaba en Alemania adelantándose a cualquier joven peruano de clase media que se juraba el rey del mundo por llegar a casa una hora después de las doce. Además, Isabel era inteligentísima, pero algo atolondrada, la mayor parte del tiempo sabía muy bien lo que estaba haciendo, pero a veces se dejaba llevar por impulsos que no la llevaban a ninguna parte, que hacían una tormenta de un vaso con agua, cosa que ocurría cuando las circuntancias la superaban, cuando debía hacer frente a lo impredecible.

Santiago era impredecible.

Tenía la capacidad de adelantarse a las cosas como llevado por una experiencia traída de otras vidas. Parecía saberlo todo. Por alguna razón inexplicable Santiago tenía la habilidad de saber más de la vida que cualquiera y sin haber vivido más que nadie. No era ningún semidiós, era tan imperfecto como tú o yo, pero era muy sensible a la naturaleza de las cosas que lo rodeaban, a lo que le ocurría, a las personas, a sus vibraciones, a sus gestos, a sus palabras. A veces podía estar de muy buen humor y de repente, de la nada, estallar por cualquier cosa. Podía ser muy bueno o podía ser muy cruel y siempre dar en el clavo, o te hacía muy feliz o te hacía llorar. Sin embargo, también perdía el control, al punto de volverse increíblemente torpe y muy vulnerable, sobre todo cuando enfrentaba sus debilidades.

Isabel era su debilidad.

Una noche, después de la clase de Historia de la Civilización, Santiago le contaba a una chica de su clase una anécdota importante sobre su viaje a Rumania, le hablaba del Mărţişorul, la fiesta en la que por allá se celebra la llegada de la primavera. Le contaba sobre Mihaela Popescu -una chica producto de su imaginación, al igual que el viaje- a la que le regaló un Mărţişor -un objeto decorativo atado con un hilo blanco y rojo que por costumbre se le entrega a las mujeres ese día-. Mihaela había sido una chica a la cual amó con amor imposible, ya que pasaba por ahí de turista con sus padres. Santiago mezclaba hábilmente enciclopedia Encarta con película ochentosa de Chevy Chase para sonar creíble. Departía tranquilo hasta que el Pastrulo lo sacó de su invento para decirle que María Cecilia lo había texteado diciéndole que bajen al bar de al lado para tomar unas chelas, que estaba con Isabel, a Santiago le brillaron los ojos. Oe huevas, le dijo mientras caminaban ¿tú jamás has estado en Rumania no?. En mi vida, respondió Santiago. Los dos rieron.

En el bar -una sucesión de mesas cuadradas con bancas como de parque en las que entraban tres personas, cuatro muy apretadas- Isabel y María Cecilia rodeaban a un chico robusto que sonreía feliz frente a otro más  pequeño, más gordo que robusto y de pelo marrón muy ondulado. Los dos eran muy blancos. Santiago los veía reír preguntándose de dónde salieron. Tenían cuatro margaros sobre la mesa, los cuatro vacíos. A Santiago y al Pastrulo, María Cecilia los había llamado para poner más cerveza. Ni cagando le voy a poner la chela a esos dos aparecidos, dijo Santiago parado frente a la doble puerta de vidrio del bar. Cuando Isabel lo vio ahí parado, se llenó de una efervescencia incontrolable. Como programada por el universo y no por las circunstancias soltó una carcajada sonora que sorprendió a todos sus acompañantes, luego volteó y miró a Santiago directamente, como si lo hubiera visto por primera vez  gritó su nombre dos veces, vengan, vengan, siguió. Entre los cuatro hombres hubo algo de territorial en las presentaciones, esas chicas les pertenecían más a Santiago y al Pastrulo que a esos advenedizos. Por el lado de los advenedizos, Santiago y el Pastrulo llegaban a aguarles el supuesto flirteo en el que se encontraban. La verdad era que estaban siendo utilizados como se utiliza a un niño tailandés para hacer zapatillas. Ellas no habían puesto un sol por las cervezas. Santiago sabía sin embargo que no tenía caso arruinar una oportunidad de estar junto a Isabel llenando el ambiente de molestia y sarcasmo cruel. Con una sonrisa planeada tendió su mano a los dos desconocidos para saber sus nombres. Miguel Madkat a.k.a. Madkat y Gabriel Lazzio a.k.a. Lazzio.

¡Ya chicos pónganse unas chelas!, soltó María Cecilia con una sonrisa estúpida tallada en el rostro. No tengo un centavo, respondió Santiago mirando a todos directamente a los ojos, golpeando la mesa y levantando los brazos. Además no tenía planeado tomar hoy, te lo juro, justito me estaba yendo cuando el Pastrulo me pasó la voz. El Pastrulo por su parte sacó cinco soles; dos son para mis pasajes, dijo. Fue en ese preciso instante que las chicas, una sentada a cada lado de Madkat, empezaron a darle besitos en el cachete, ya pues, le decían, unas más pues, no seas malito. Le acariciaban el pecho acercando sus senos a su cuerpo robusto al mismo tiempo que le sonreían con coquetería. A Santiago la sangre empezó a hervirle, empezó a sentirse impotente, ese solo gesto estúpido de Isabel hacia Madkat le había transformado el estómago en una gran roca. Quería besarla y al mismo tiempo la estaba odiando, no le gustaba en lo más mínimo lo que estaba haciendo, pero deseaba que lo hiciera con él. Para su suerte todo terminó pronto porque Madkat no era un tipo que pudiera resistirse mucho a los encantos de las dos muchachas y sacó su tarjeta, levantándola hacia el techo mientras todos celebraban, incluso el Pastrulo que empezó a aplaudir como mico. Santiago sólo atinó a decir “buena loco” para demostrar buena onda y como saliendo de un trance se dedicó a olvidar el asunto.

Las dos horas que estuvieron ahí fueron sorpresivamente agradables. Madkat y Lazzio resultaron ser grandes tipos. Santiago les invitaba cigarros cuando Isabel anunció que debía irse. Te acompaño, le dijo Madkat. Bueno gracias, respondió ella al mismo tiempo que miraba a Santiago a los ojos mientras se levantaba. Espera, dijo él, necesito hablar contigo de lo de la vez pasada ¿recuerdas?. ¿De lo de la vez pasada?, respondió ella divertida, sí pues la vez pasada que me dijiste que querías hablar conmigo y yo te dije justo, mira tú las cosas de la vida yo también necesito hablar contigo. Mmmm… no me acuerdo, respondió ella mirando hacia arriba, llevando un dedo índice a su barbilla y arrugando la boca hacia un costado. A Santiago se le rompían los dientes de tanto apretarlos tratando de mantener una sonrisa absurda. Bueno, dijo ella al fin, vamos, disculpa Madkat parece que es importante. Sí loco, le dijo Santiago de pasada, con la soberbia del que gana una batalla tácita de testosterona.

En la calle, frente a la puerta de la universidad, mientras Isabel esperaba algún taxi, ella preguntó ¿sobre qué querías hablarme?. No tengo idea, respondió Santiago, supongo que sólo quería acompañarte, conversar, ver que llegaras bien, digo, Madkat es un buen tipo pero no puedo estarle confiando la seguridad de una amiga mía sin conocerlo bien, además parece que quiere contigo. Yo no quiero nada con él, para empezar lo acabo de conocer en un bar. Además tengo enamorado. Isabel dijo eso como recordando algo que había olvidado por completo. Sólo estábamos tomando unas chelas, pasando un buen rato. Sí, sí, es verdad, estás en lo cierto, dijo Santiago rascándose la nuca y mirando al frente con cara de cojudo. Isabel paró un taxi. Bueno esteeee, ya te vas. Tratando de hablar con la misma soltura con la que hablaba del Mărţişorul, Santiago le pidió su número de teléfono. Isabel oye ¿me querrás dar tu teléfono para hablar, así?. ¿Si te lo doy cómo vamos a hablar?, respondió ella. Santiago miró al suelo riendo, viendo descubierto su nerviosismo. A Isabel la mirada se le llenó de ternura. Cuando Santiago levantó el rostro otra vez, ella volteó rápidamente, como sacudiéndose algo de la cabeza y le dijo al taxista que esperara un momento.

Tres, cuatro, nueve, ocho, seis, dieciséis.

El soundtrack de este post.

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Con respecto al post anterior, respondiendo comentarios. Aún sigo preguntándome por qué lo escribí. Sí, fue para alguien. Sí, Ella lo supo (era bastante obvio). No, no creo que ocurra nada. Mi intención no fue declarar algo, nunca existieron señales de ningún tipo. Nada más que a veces me dejo llevar por cosas que no entiendo y hago cosas como esa. Igual me gustó escribirle, a ella le gustó lo escrito y no creo que deje de hacerlo.

Saludos.                                                                                                                                                                D.

Comentarios

4 Comentarios para “ISABEL & SANTIAGO (4)”

  1. Isabel
    August 26th, 2009 @ 21:04

    Por qué no le dio el celular? Aún me quedo con el post de Thalita.

    Todo pasa por algo.
    Talita es parte de la historia.

    Saludos.

    D.

  2. nictalope
    September 3rd, 2009 @ 21:55

    Tengo la impresión de que algunas “ideas” para esta historia son vivencias tuyas, hay algunos pasajes que describes tan bien como si estuvieras recordándolos…Me equivoco?.
    La descripción que has hecho de Santiago me ha revuelto las cosas que un día me explotó en la cara una ex…recordar a veces es tan jodidamente malo verdad?.

    La tercera persona no me hace un extraño.
    D.

  3. HardCandy
    September 6th, 2009 @ 9:58

    Claro aveces sucede y sin previo aviso ni nada, pero siempre resulta interesante
    Suerte con eso y vamos que si te dejastes llevar xq esta largaso….XD

  4. Isabel
    September 11th, 2009 @ 11:16

    Ya toca la quinta parte no?

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  • Daniel Biasevich Groppo

  • Sobre mí

    Tengo 26 años. Siempre he querido ser escritor pero de eso no se vive, es por eso que pensé que sería bueno hacer comerciales. Sí, eso me gustaba. Pero no. Al final decidí estudiar para cualquier cosa y cuando me di cuenta que en cualquier cosa no me iba bien dejé la universidad y me largué a un instituto. Ahora soy redactor en una agencia de publicidad, soy feliz pero no completamente. Quiero escribir un libro que por una u otra razón nunca escribo. Este blog es un acto desesperado, la búsqueda de la trascendencia, de aquello que me ayude a convertir lo que vivo, veo y escucho, en algo que se parezca a una novela.
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